
Mi gaveta de fármacos en queridísimo legado a los transeúntes del topergüer. En los tiempos más ruinosos el humor, esa mística instintiva de cosquilla intelectual, nos da un sentido y una forma, un camino y un amigo. Si bien no merecieran -por subestimados- el Nobel de la Literatura al menos debieran compartir el Nobel de la Paz.
Otrova Gomas - Método práctico para espantar visitas latosas
"La declamación.- Apenas la visita haya tomado asiento, dígale que ahora tendrán la oportunidad de escuchar una sesión de poesía recitadas por sus cuatro hijos (mejor si están en la edad en que cambian la voz); inmediatamente póngalos a leer en voz alta poemas como: 'Vuelta a la Patria', 'Silva a la Zona Tórrida', 'Las uvas del tiempo' y poemas escogidos de Bécquer. Para hacer más chocante la velada hágales repetir toda la estrofa cada vez que se equivoquen.
Quíteles el agua.- Déles a comer con las manos frituras, maníes y mereyes resalados, dulces cremosos, pero al momento de terminar dígales: 'Tenemos tres días sin una gota de agua ni para tomar'(...)
Soltarle a los muchachos.- Si tiene Ud. muchachos entre 3 y 5 años, basta que les moje la mano en un almíbar preparado bien espeso para esa oportunidad; luego se las unta de tierra y los mandan a jugar al salón donde están las visitas. Cuando los niños se monten sobre las personas y les toquen la cara y la ropa con las manos asquerosas, Ud. limítese a llamarlos por su nombre en un tono recriminatorio pero no muy enérgico."
Leo Maslíah - Triángulos
"Con Rosa podíamos decir que prácticamente desde el momento de casarnos, nuestro matrimonio había empezado a agonizar. Y seguimos viviendo juntos incluso bastante después de que hubiera muerto del todo. Pero le hicimos un funeral decente. No invitamos a nadie. Fue una ceremonia privada, en el jardín de casa, así, sin mucha alharaca; pero para nosotros tenía un hondo significado. El pozo donde lo enterramos también era bastante hondo. Lo habíamos venido cavando, sin admitirlo, durante años, engañándonos con el cuento de que lo hacíamos para plantar una palmera.
Al poco tiempo, en un accidente automovilístico, fallecieron nuestros vecinos, Julián y Anabela. Llevaban apenas dos años de casados y su matrimonio, por suerte, en el accidente no murió. (...) El matrimonio, entonces, se vino a vivir con nosotros. Teníamos lugar, ya que el nuestro había partido para siempre.
Los primeros tiempos, la convivencia fue pacífica y hasta bastante disfrutable. (...) Yo, sobre todo, me llevaba bastante bien con él. Rosa no le prestaba mucha atención; ella estaba en otra cosa: había empezado a salir con Joaquín, un compañero de trabajo que la pretendía desde hacía años y la cosa venía en serio. Los problemas empezaron cuando el matrimonio, nuestro huésped, se enamoró del noviazgo de Rosa con Joaquín. Todos los días lo esperaba con flores y Rosa se ponía furiosa (...)"
Aquiles Nazoa -
Costumbres que desaparecen
"Hoy quiere hacer memoria mi pluma costumbrista
de una vieja costumbre que ya nadie practica;
una costumbre de esas que están hoy extinguidas
y a la cual en Caracas le deben hoy en día
su renombre y su fama muchas grandes familias.
Antes en las pensiones y casas distinguidas
cuando alguna señora mataba a una gallina
tiraba para el techo las patas y las tripas
y a los pocos minutos ya estaban ahí arriba
diez o doce zamuros que a comerse venían
las tripas y las patas que botaba la misia.
A veces uno de ellos, por estar de egoísta
el vuelo levantaba llevándose una tripa,
y en la tripa enredada una teja se iba,
por lo cual en Caracas una casa no había
que no tuviera siempre varias tejas corridas.
Pero a pesar de eso, seguían las familias
tirando para el techo las patas y las tripas,
y cuántos más zamuros al tejado venían,
más contenta en la casa la gente se ponía,
pues aunque les volvieran el tejado papilla,
en aquella Caracas los zamuros servían
para que el vecindario viéndolos ahí arriba
conociendo las causas se muriera de envidia (...)"
Rubén Monasterios - Sigue siendo difícil amar en Caracas
(...) Caracas, por otra parte, siempre ha sido una capital pacata, en cuyo ámbito cualquier rascabucheo en público se consideraba un acto contrario a 'la moral y las buenas costumbres'. Aquí todavía rige con algún vigor el principio victoriano de ejercer la virtud en público y la depravación en privado. (...)
A finales de los sesenta, una novia y yo vivimos la traumática experiencia de una reprimenda a voz en cuello de parte del celador de una placita caraqueña. Viniéndosenos encima la noche, en un rincón sombrío compartíamos besos y otras tiernas caricias; de súbito interrumpe nuestro idilio un energúmeno que se identifica como vigilante; acompañando su encendido discurso con gestos, desplantes y muecas expresivas de su pudor lacerado, el individuo nos increpa; invoca la consabida letanía de 'la moral y las buenas costumbres' y nos exhorta a ser más respetuosos de la egregia figura del Libertador y Padre de la Patria, cuyos restos mortales, al lado de los de otros próceres, yacen en el Panteón Nacional; estábamos, en efecto, en la antigua plazoleta que se abría ante ese monumento. No menos airado, le respondo: '¡Viejo güebon: Bolívar estaría feliz de ver a unos enamorados acariciándose al pie de su tumba! ¿Acaso no sabe usted que Bolívar fue un amante fogoso, versátil y, además, adúltero?' ¡Qué iba a saber el infeliz ignaro! (...)"
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Robado sin ninguna consideración de:
-Gomas, Otrova. El hombre más malo del mundo. 7ª edición, 1983.
-Maslíah, Leo. Carta a un escritor latinoamericano y otros insultos. Ediciones de la Flor. Buenos Aires, 2000.
-Monasterios, Rubén. Caraqueñerías: Crónicas de un amor por Caracas. Fundación para la Cultura Urbana. Caracas, 2003.
-Nazoa, Aquiles. Humor y Amor. Librería Piñango. Barcelona, 1979.