De niña hice varias cosas que hoy en día nada tienen que ver conmigo: el ballet, una predilección criolla por los nombres en inglés y un amor noventosísimo por el rap. O quizás sí tengo mucho de ellas, son esas vidas de personitas latentes en posibles azares paralelos, mundos hermosos o desafortunados con arayas de distintos destinos.Por otro lado estaban las cosas que sí definen quien vine a ser: me escapaba del salón de preescolar -pequeño paraíso de juguetes, mesas de colores y pegatinas de colorinches- para ir a leer a la biblioteca, detestaba los lacitos en el pelo y la pobre delicadeza de los zapatitos de charol, amaba los cuentos de espantos y fantaseaba con mi muerte, a quién le daría mis cosas en sentida herencia, cosas así.
Mi imaginario infante era triple: MTV, los cuentos de Ekaré y las hazañas de mi padre. De esa gloriosa trinidad devinieron mis grandes pasiones en esta vida: la música, la literatura -con el respectivo crédito materno- y las aventuras. Un psicoanálisis de paquete ready-to-go.
Pero aún así, y con esa identidad en aparente presencia, uno no deja de definirle los bordes, los matices. Hace unos meses me empeñé en añadir a mi carrera de cinco materias regulares otras dos materias cultísimas, dos días de trabajo y un compromiso con el consejo comunal bajo el gesto aprobatorio de papá. Para mí, tiempos patéticos, en los que no pude organizarme o hacer nada bien más que ser el orgullo de decir, trabajo estudio y trabajo. Esas tonterías. Fue por esa época que arruiné mis letras, mi fotografía, mis ideas. Era horriblemente eficiente, horriblemente responsable, horriblemente buena, como Berta, la niña que se la come el lobo en los jardínes del Principe, rodeada de tentadores lechones y medallas musicales, pero ninguna rosa. Luego estaba él, desde hacía un tiempito, con ese amor calmo suyo, esos lentes de paciencia y las manos turbias. Entonces yo pensaba: era amor, plagado de dudas como deben ser los amores, porque el amor seguro -como el de Dios- es amor de miedo. Pero también a la postre una tarea, un trabajo, una plantita que regar.
Verán, en aquel momento yo pensé: tener dieciocho años y ser así de buena es una sentencia de muerte. Es una pizca de malicia el hilito que nos mantiene vivos. Pregúntenle a Pinochet. Qué más quería yo que trasnocharme toda la noche bajo indie, tinta y la luz roja. Sentir la comodidad de los gritos compartidos y las confesiones a los extraños. Viajar y ser tierra y miseria, ser agua de fuente y olor ajeno. Había un mundo paralelo allí fuera, y era hermoso, y me atormentaba. Pero eso es costumbre: todos mis mundos paralelos me atormentan.
Por temor a lanzarlos al suelo de olvido dormía en mi cama rodeada de guías de periodismo, libros de Pemontón, notas del hillbilly americano, de futiles marchas que pensaba en dejar pasar, pequeños retazos de interés-a-post, todas mis promesas a mí misma. Y sin embargo delante se me aparecían cascadas, Brahmas, risas. No tardé en darme cuenta que el colchón también era el suelo del olvido.
Eventualmente, entonces, terminaría dejando varias de mis plantas al buen albedrío de la lluvia, como la universidad, el amor y el encanto de decirle a todo el mundo que -felicidades papá, mamá- soy una niña buena. Una de las mejores decisiones de mi vida fue mandar a todas mis responsabilidades de goma espuma a la mierda, así como para buscarme una vida más como para mí, a mi medida y mi tiempo. Darme cuenta quizás, de que esas convenciones sociales tan deliciosas me quedan grandes. La realidad es una atmósfera imposible, lentísima, y yo necesitaba mi cuota vegetativa. Fueron tiempos de mucha cabeza.
El goal solía ser: estudiar comunicación social en la Central, ser una profesional exitosa y -como diría la Estefanía- una persona interesante. Yo creo que con el desencanto de la comunicación y el marchito periodismo la cosa se ha trasladado a lugares, el ser lugar, a pequeños y reposados éxitos en el espacio cuadrado, recortable, de la redondivida. Soñé con álbumes que llenar paredes, de paquetes de chucherías, latas de sopa con monedas, baratijas de los viajes a El Cairo y Quito. Pero principalmente, mi goal se movió al lugar: soñé con un apartamentucho, cercano al Metro, un mix entre las casas y muros de tía Maite y tía Karmele, con la emoción de un Pedro Camejo pero la paz del no-lugar. Yo creo que también mi soñado-yo, esa mutante en el rabillo del ojo que me ha acosado toda la vida y que ha devenido en una suerte de Kathleen Kelly caraqueña, más morena y tomboy. Sin embargo no soñé con empresarios de Tecniciencia e intuitivos goldens; sino con hileras de hombres desconcertantes, música fenomenal y anécdotas inolvidables. Entiendo que todos mis sueños -mi casa, mis amores, yo- son altamente hermosos y altamente improbables.
Como la vida, pues.
Todo esto nada diferente a la misma niña extraña y terrible que se escapaba del paraíso de preescolar para meterse de cabeza en el papel. Pero tiene toda una justificación. Incluso esto es una justificación en sí misma: siempre que uno escribe sobre sí, uno en realidad está pidiendo perdón.

4 comentarios:
Ojalá tuviese la capacidad de exprimirme por completo con la escritura, de desnudar quien soy y asumirme como ser.
Es muy grato saber tu capacidad de comprenderte y de quererte, sin duda este escrito es una muestra mas de lo grande que puedes llegar a ser escribiendo, incluso mas grande de lo que eres como persona, y eso es mucho.
excelente post.
bob.
este te quedo bellísimo, Araya.
¡A todos nos gustaba Sandy y Papo!
No tardé en darme cuenta que el colchón también era el suelo del olvido.
Qué bella frase, Araya, me gustaría ficharte para las filas del apendicismo..., tu blog derrocha inteligencia, ironía, humor. Gracias.
mario
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